lunes, 30 de abril de 2007

Madres - 30 Años

Antes de que "estallara" la guerra en Irak , entrevistè a Hebe de Bonafini.Personaje controvertido y cuestionado.Ese dìa participè de la primera marcha por la plaza.Hacìa muy poco que habìa sucedido lo de Maximiliano Kosteky y Darìo Santillàn.La marcha silenciosa me conmoviò profundamente.Tanto como el relato de Hebe fuera del micròfono:-A veces pienso que llegarà.Que lo verè en la puerta..."."La marcha surgiò a raìz del estado de sitio.Nosotras estabamos sentadas y los milicos decìan: -caminen! Caminen! "...y nosotras no paramos de caminar..." Lo de los pañuelos blancos...què sìmbolo podrìamos usar? Convinimos en llevar pañales de nuestros hijos.Esos fueron los primeros pañuelos blancos..."

Patricia C.




"En tiempos de una violencia de crueldad creciente,
que tiende a naturalizarse y afecta a toda la humanidad, sin excepción, y
reconoce raíces en un orden social mundial de constitución perversa y violatorio
de la más elemental justicia, situación agravada con la guerra desatada por el
Imperio contra Afganistán, provocando nuevas víctimas a doquier que se unen con las muertes ocurridas en Nueva York, en Palestina o en Irak, por citar,
tristemente, sólo algunas de las muertes que a todos nos duelen, agobian, e
instan a bregar por la paz (pero también a sustituir las estructuras económicas
y políticas que dañan la propia condición humana, y cuyo rostro más conmovedor es el de esos miles y miles de niños condenados a morir diariamente de hambre), desde la Universidad Popular nos pronunciamos con un Homenaje a la Vida, cuya lectura cobra nitidez en tanto habla de las Madres de Plaza de Mayo como protagonistas de la Justicia –nunca de la venganza-..."

..."allí donde el símbolo se hace carnadura que honra la existencia ".
humana. "

Vicente Zito Lema

La pasión según las Madres
Vicente Zito LemaI

(En el exilio)

No conocía en persona a las Madres cuando escribí por primera vez sobre
ellas. Yo vivía mi exilio en Holanda, entre canales helados donde bregan los
patos y esa soledad difícil de contar que quema el alma hasta volverla un
piélago negro.Fui escuchando sus voces, que escurrían las distancias como agua
entre los dedos. Me puse a marchar con ellas, desde el deseo de ser parte de
esas sombras convertidas en luz durante las ceremonias del coraje, todos los
jueves.Poco a poco, allí, en el norte de Europa, tan lejos, el extravío del
dolor tuvo calma, la derrota conoció la esperanza y nuestras vidas a la deriva
en los océanos infaustos del destino encontraron su anclaje y su sentido. Otra
vez el mañana era un puerto. Fue desde la piel de las Madres que mi angustia
pudo denunciar a una sociedad que se dejó llevar a sus hijos vivos y no enterró
a sus muertos.Fue por la épica de las Madres que alcancé a decir: un país de
labios enfermos se animaba a quebrar el silencio con un grito.Gracias a ellas
más que a nadie pusimos los pies como en el principio sobre el largo camino de
nuestra tierra. Gracias a ellas –y a los cuerpos sacrificados de nuestros
soldaditos en Malvinas– nos animamos a mirar aún con lágrimas otra vez aquel
cielo. (Hablo del cielo donde los caballos se alzan y relinchan como en los
grandes sueños. Esos sueños donde la muerte no existe y mis compañeros siguen
siendo jóvenes y hermosos para siempre.)


II

(En el país)

¿Con cuál esencia breve se teje la ilusión?

De nuevo la dura realidad y su mazazo en la nuca.El tibio viento de la democracia sopló muy poco. Allí donde se necesitó justicia reinó urgente la impunidad. Los miles de desaparecidos del ayer transformados en los millones de excluidos del hoy. Un poder que sólo cambió en sus apariencias se obstina en relatar nuestros días como una pesadilla perversa.Un escenario de crueldad convertido en desafíohistórico que recogieron las Madres.Así las vemos, como antes alzadas contra una racionalidad enferma; locas en una poética que no acepta el vasallaje de la muerte, ni sus usuras.Con la misma pasión con que rechazaron los despojos de los cuerpos de sus hijos si no se acompañaba con el castigo real y no simbólico de los asesinos. (No se olvide que la materia de esos cuerpos amados era un sueño renacido como fuego de las cenizas para alumbrarlas.)Capaces de transgredir la cultura de la resignación; no hay llanto al pie del yacente; no hay una escultura de la piedad con la belleza que mitiga el martirio. Hay una desbocada ira, unos aullidos del alma y unos insultos a boca abierta que rompen los ritos bien cuidados de la tradición. Hay bacantes de la lucha en el mismísimo estruendo de la épica.


III

(Haceres)

Las Madres se han engendrado a sí mismas al engendrarse por necesidad de sus hijos. Aceptaron así, sin inventario, la herencia de ellos: La militancia como altísima aventura que se renueva; la conciencia crítica para abrir los ojos ante el mundo, y el amor al compañero que no se renuncia en el peligro. De allí que el hijo propio como individuo del pasado adviene para ellas en todos los hijos mi hijo, como sujeto amoroso colectivo del hoy histórico.Todas y cada una de las víctimas son en el dolor y la pasión tan absolutas que por su exceso se tornan naturalmente públicas.

Todos y cada uno de quienes construyen el presente en la brega son
para las Madres los nuevos hijos que llenan de contenido los no dichos de los
cuerpos de los desaparecidos, que al aparecer en la conciencia y en los sueños
que se transmiten hacen desaparecer por inutilidad de materia y de fines a los
criminales desaparecedores.Reproducción primigenia de la vida que crece en su
plasticidad estética y se legitima allí donde las actuales formas de represión
ponen a prueba la carnadura ética del discurso. Consecuentes con su siembra
terminan provocando un conflicto político y moral;

¡No a la reparación económica del dolor más dolor! ¡No a la troca de la vida! Dicen, honrando a sus hijos.Se niegan a consentir un principio que está en la base de nuestras actuales sociedades: todo tiene un precio. Todo lo humano puede convertirse en mercancía, también las pasiones y sentimientos.Rescatan así de las miserias del mercado los cuerpos desechados, para que sigan siendo la casa donde habita el alma.

IV
(Lo que vendrá)

Una sociedad de iguales, donde el dolor del otro se sienta como
propio y los bellos fuegos de la fraternidad ahuyenten el helado respiro de la
muerte. Una muerte que el sistema de producción económica y sus legalidades
políticas han convertido en el horrible rostro de nuestros días. El eterno
combate entre la luz y las tinieblas. O, en otros decires, esa lucha de clases
que el poder quiere enterrar –enterrando a los que sufren y se rebelan– pero que
resurge en todas sus antiguas formas y en otras nuevas, porque los hombres han
nacido para la vida. (La locura y el suicidio son apenas el último
consuelo.)Hablo de una armonía y un sentido final, que como las hojas vuelven.
Hablo de un proyecto y de la pura naturalidad de un gran deseo. En el final del
camino está el reencuentro con los compañeros. En el tránsito de ese camino
cobramos aliento en la amorosa corporeidad de sus madres. Veinticinco años, la
celebración no es de un día, tiene la plenitud lograda en cada uno de sus
infinitos instantes colmados de ardor hasta el milagro.Vuelvo a decirlo: si en
la oscuridad sin mengua de un horror que pareció eterno supieron ser luz, ¿qué
historia escribiremos mañana para que ellas sonrían junto al árbol de las
pasiones felices?

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